En este poema.
Tú y yo,
tan rotos tan deshechos,
abandonándonos.
Me hubiese encantado dibujarte
allí, tan solo, tan perfecto
quieto, en silencio,
pero gritando en pensamientos.
Me dabas la espalda.
Me dabas la espalda,
como el otoño al verano,
como el viernes al lunes,
como un beso de despedida,
a un corazón diseccionado.
Calada tras calada
llenabas de humo,
de mentiras, de temores
el aire que yo respiraba.
Destrozaste
en dos miradas vacias
en dos besos apresurados
en dos canciones lentas
en dos versos tristes
en dos camas distintas
Todo
lo que habíamos reconstruido
en dos eternidades.
Y ya solo quedaban desgastados
los cimientos,
las sonrisas rotas,
o ni eso.
Fué entonces cuando
yo decidí huir para siempre,
escapar de todo
del invierno de tu vida,
de la confusión de la mía.
Pero en ese momento,
cuando yo ya emprendía el vuelo
Me miraste.
Me partí en mil pedazos
que libres, sin miedo
volaron por esa habitación
donde nos quisimos tanto.
Y entonces, sólo entonces
comenzó la tormenta.
Un bucle de sentimientos
hirientes, contradictorios,
nos envolvió.
Nuestras vidas
nuestros besos
comenzaron a gritar.
Y todo,
dejó de tener sentido.
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