Los huesos tan rotos que ni el Sol te regenera. Las sonrisas caducadas y el olvido a punto de disparar.
Recuerda que nunca fuiste tinta sólo papel esperando con ansias la eternidad, solo fuiste fuego fatuo besando el cielo. Fuiste ganas de comerte el mundo, en una cama, con una musa, con una estrella. Fuiste y sigues siendo poesía aunque ya no la quieras, aunque todavía no te quieras.
Pero ser sin sentir es como ser sin vivir. Y tú te sentías síntesis simbiótica de niebla y oscuridad.
Necesitabas luz.
Encontraste vacío.
Y algunos besos envenenados por el engaño del tiempo que pasa sin pesar (o pesa sin pasar) pero hiere. Mata.
Que no nos engañen. La muerte es el final, nadie resucita. La inmortalidad se esconde en las miradas del ahora que nos empeñamos en obviar.
Mientras, el pasado se alimenta de lágrimas destruyendo las líneas ya imperfectas, por definición, de los recuerdos.
Obsesión malsana la de luchar a contracorriente. Pero fuimos. Y de lo que somos seremos.
Inmortales o por lo menos, invencibles. Cargados de rabia con sabor a pena, con sabor a suicidio.
Quizá tristes pero orgullosos supervivientes que escupen fuego por la boca y sangran ante cada miseria.
Quizá incompletos pero haciendo de la nada todo y de unos ojos bandera.
Salida de emergencia, punto de fuga, vía de escape.
Y final.
La magia es de Óscar, como siempre. Gracias.
Y lo mío sólo la estela.