Cuando tus palabras me rozan recuerdo que mi punto de gravedad está en el miedo. Cuando el cielo me mira con nostalgia y se le van cayendo los colores poco a poco, te abrazo.
Tienes razón, te digo. Pero no estás.
Cierro los ojos y le pido tregua al tiempo. Necesito retroceder hasta tus ojos y después, detener la primavera. Y llorar, supongo. Decirte que nunca se me ha dado bien eso de tragar humo de madrugada.
Ni reconocer lo perdida que estoy a veces.
Creo que, a pesar de todo, le tengo que pedir perdón a la vida. Por quererla tan poco, por dejarla tan sola en todos aquellos bares. Por girarle la cara cada vez que me suplicaba que no la engañase con la tristeza. Por confiar más en la muerte que en ella.
Y a los sueños, también, perdón, por no creer en ellos.
Tenías razón, no soy justa. O soy cobarde, no lo sé. O simplemente prefiero vivir en tonos grises antes de intentar ser feliz, cagarla, y llenarlo todo de sangre. Porque hay inviernos que son muy frios y daños que son irreparables. Y el miedo, siempre va a ser el miedo, y hay riesgos que, por culpa de los destrozos, nunca he sido capaz de correr.
gracias
Que desde que salté dentro de tus ojos la vida ya no duele lo mismo
pero duele.