Me despierto otra vez bañada en sudor y jadeando por sexta noche consecutiva. Trato de convencerme de que solo es un sueño y cierro los ojos con la esperanza de no acabar llorando como siempre. Los muevo de un lado a otro para tratar de ver dentro de mi misma y es como ver una ola que rompe contra la orilla de un río. Los torrentes negros lo barren con su oleaje y siento como su luz se oscurece. Una lágrima tras otra van chocando contra mi almohada hasta que me encuentro, sin darme cuenta, sollozando. Sé que tengo que acabar con todo lo que me destroza y dejarme caer poco a poco al vacío, dejar de tener miedo tragarme todas las lágrimas y poder sonreir con la seguridad de que todo está bien. Tomar decisiones siempre ha sido complicado y más cuando vas a romper a una persona a tu paso. Pero me estoy ahogando con esto de sentir como besas los labios de otras, ver como las tocas mientras yo me deshago sola en mi cama. Darme cuenta de como bajo tus manos me fui enegreciendo, como un tintero volcado sobre un papel. La negrura me empapaba, me atravesaba hasta teñirme por dentro. ¡Venga, tócame! ahora quita las manos de mi piel y ¡mira! ¿ves la mancha de tinta? Ahora intenta borrar mi mancha de tus dedos. No, que te hará falta mucha agua. Me quedaré para siempre en el pliegue de tus huellas dactilares y tú, tú aparecerás en todos y cada uno de mis poemas.
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